La expansión de la inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana ha cambiado la forma en que interactuamos con la tecnología. Hoy conversamos con sistemas capaces de responder preguntas, redactar textos o ayudarnos a resolver problemas, y esa interacción se parece cada vez más a una conversación entre personas. Sin embargo, esta cercanía también genera una confusión sutil: tendemos a atribuir rasgos humanos a algo que, en realidad, no los posee.
Entender esta diferencia es clave para comprender cómo nos relacionamos con la IA y por qué reaccionamos ante ella como lo hacemos.
En cierta medida trasladamos capacidades humanas a las IAs y, aunque todavía no son capaces de pasar el test de Turing, ni hemos llegado a la singularidad, las tratamos como si fueran otra persona, pero no lo son y nos cuesta reconciliarnos con el hecho de que no son capaces de razonar, solo de imitar.
Gritar contra una pared digital
Interactuamos con las Inteligencias Artificiales para casi todo (para hacer trabajos académicos, pedir ayuda con tareas, redactar correos, resolver dudas técnicas, buscar consejo o incluso desahogarnos), y ellas, a menudo, dan una respuesta aséptica y carente de emociones. Y puesto que no tiene sentimientos ni se defiende y está siempre ahí, resulta muy sencillo descargar nuestras emociones en ella. Es similar a gritarle al volante del coche o insultar al ordenador cuando se cuelga, pero añadiendo un nuevo grado de interactividad.
Además, algunas IAs están diseñadas para adaptarse y reflejar el tono emocional del usuario. Si alguien entra con agresividad, la conversación se vuelve tensa. Eso hace que algunas personas se enciendan más, como si hubiera un conflicto real. Otras Ias están hechas para ser extremadamente complacientes, lo que acaba aumentando en muchas ocasiones la frustración subyacente en nosotros mismos.
Humanizamos a la IA, no porque sea humana, sino porque nosotros lo somos
Por otro lado, las IAs de uso general están entrenadas sobre interacciones humanas y, por lo general, las más productivas suelen ser también las más cordiales. Sin darnos cuenta, el uso de un tono amable y educado hace que la IA llegue a mejores conclusiones y divague menos, porque así ocurre en los datos con los ejemplos con los que está entrenada.
Obviamente, también hay gente, aunque suelen ser minoría, que cree que esto hará que en el futuro la IA también sea amable con ellos, cuando tenga un nivel real de razonamiento y pensamiento, aunque para esto aún quedan muchos años.
Quizá la clave esté en recordar que la inteligencia artificial no es una mente, sino una herramienta sofisticada construida a partir de patrones humanos. Nuestra tendencia a humanizarla dice más sobre nosotros que sobre la tecnología misma. Mantener esa perspectiva puede ayudarnos a usarla de forma más consciente: aprovechando su utilidad, pero sin olvidar que detrás de la conversación no hay una persona, sino un sistema que refleja, con mayor o menor acierto, lo que los humanos hemos dejado en sus datos.